Transgénero: la verdad
La testosterona no curó mi disforia: embotó cada sentimiento, puso en riesgo mi fertilidad y me encadenó a una aguja de por vida. La pubertad no es una enfermedad; no dejes que las clínicas te vendan un experimento de por vida.
Resumen
Mikayla Silverthorn, una persona que destransicionó tras tomar testosterona durante cuatro años, dice que el fármaco embotó sus emociones, dejó incierta su fertilidad y se le impuso tras una sola visita a un terapeuta. Sostiene que la transición médica es un «experimento científico» dirigido por la industria, que obtiene hormonas de animales, alimenta la dependencia de por vida y distrae de traumas sin sanar, como el abuso sexual infantil que ahora vincula con su disforia.
Resumen Completo del Video
En el vídeo «Transgender: The Truth», Mikayla Silverthorn se presenta como una destransicionadora que en su día se identificó como transgénero y tomó testosterona durante cuatro años. Recuerda que los profesionales médicos le advirtieron de que la testosterona «te pone en mayor riesgo de cánceres de ovario, de cánceres de cuello uterino», pero siente que la advertencia se minimizó. Tras dejar las inyecciones, Mikayla dice que se dio cuenta de que las hormonas le habían embotado las emociones (la dejaban «menos deprimida» pero también «menos feliz, menos triste, menos emoción») y ahora cree que el tratamiento fue «un experimento científico» que dañó de forma permanente su fertilidad y su salud en general. Mikayla describe la facilidad con la que obtuvo la receta: una sola visita a una terapeuta produjo una carta ese mismo día, y pronto estaba «clavándome una aguja cada semana». Afirma que la industria se lucra con personas vulnerables que «necesitan una respuesta» a su dolor, y sostiene que la transición médica «no es buena para el medio ambiente», perjudica a los animales de los que se obtienen las hormonas y mantiene a los pacientes «completamente dependientes de esta industria el resto de tu vida». Añade que muchos destransicionadores con los que ha hablado comparten estos arrepentimientos. El eje de su testimonio es la afirmación de que la disforia de género tiene su raíz en un trauma no abordado y no en una identidad innata. Mikayla revela que fue «abusada sexualmente de niña», y que esos recuerdos estaban tan reprimidos que no relacionó el abuso con su malestar corporal hasta años después de iniciar la transición. Ahora cree que «todas las personas que están pasando por esta disforia de género son personas que han sido traumatizadas», y que la transición médica solo distrae de la «sanación» que requiere el trauma. Mikayla también reflexiona sobre su doble mastectomía, y admite que durante un tiempo fue «agradable no recibir piropos groseros por la calle», aunque ahora se pregunta si la cirugía era necesaria para sentirse cómoda en su cuerpo. Insta a los espectadores a practicar el amor propio a diario (literalmente mirarse al espejo y decir «amo mi cuerpo») y a buscar terapia en lugar de hormonas. Aunque reconoce que su postura es «impopular» y le ha costado amistades, insiste en que habla «desde el corazón» y «desde la verdad», motivada por el cariño y no por el odio, y anima a cualquiera que esté considerando la transición a investigar ambas posturas antes de tomar decisiones irreversibles.