Des-transicionando #1 …
Las hormonas me castraron física, espiritual, emocional e intelectualmente. Tengo 51 años y por fin soy libre: no dejen que les hagan esto a los niños.
Resumen
Tras más de 40 años de disforia de género y seis años sin hormonas, Keith Caputo ha reservado una cirugía para quitarse los «pechos falsos» que obtuvo durante la transición. Atribuye a un trabajo profundo con el trauma y a una terapia con medicina vegetal, y no a la transición médica, la curación final de su disforia, y ahora condena como «asqueroso» recetar hormonas o cirugías a niños.
Resumen Completo del Video
Keith Caputo abre el vídeo con la noticia de que lleva seis o siete años sin terapia hormonal y que, a partir de enero de 2025, ha reservado una cirugía para quitarse los «pechos falsos» que adquirió durante la transición. Declara que ha «curado» su disforia de género tras décadas de lucha, y describe el recorrido como atravesar «el fuego» y salir con una comprensión más clara de su alma y su espíritu. Keith subraya que ahora vive como una «versión más sanada» de sí mismo, y atribuye el cambio a años de trabajo con el trauma y a la terapia con medicina de plantas. Al responder a las críticas en línea (comentarios de que «se ve feo» o «parece un hombre»), Keith contesta sin rodeos que «siempre fue un hombre» y sugiere que los detractores no están acostumbrados a las voces auténticas. Se sitúa en sintonía con los «verdaderos transexuales» que, en su opinión, respetan los derechos de las mujeres y la inocencia de los niños, mientras se distancia de lo que llama la cultura actual de medicalizar a los menores. Se opone rotundamente a recetar hormonas o realizar cirugías a niños, califica esa práctica de «repugnante» y lamenta que los defensores trans rara vez hablen de los efectos secundarios de la terapia hormonal. Keith relata que vivió con disforia de género durante más de 40 años, desde una primera infancia marcada por un grave trauma familiar: sacar agujas de heroína del cuerpo de su padre y perder a su madre a los 22 años. Estas experiencias, dice, dejaron «agujeros en mi alma» y contribuyeron a su sentido fracturado de la identidad. Subraya que nadie tomó decisiones por él; estuvo en terapia casi tres años antes de hacer la transición médica, y lo contrasta con lo que ve como la prisa actual por medicar a los niños pequeños. Las hormonas, afirma, lo «castraron» física, espiritual, emocional e intelectualmente, y asegura que tres décadas de pruebas anecdóticas confirman daños similares en otras personas. Mirando al futuro, Keith anuncia que va a recuperar legalmente el nombre de Keith y prevé sentirse «tan libre» cuando se complete la próxima cirugía. Plantea la destransición no como una regresión sino como una transformación alquímica: habiendo «jugado con la energía» al abrazar lo femenino, ahora entiende que esa implicación nunca lo hizo biológicamente mujer y fue en última instancia una respuesta al trauma del útero y a la pérdida materna. Termina dando las gracias tanto a quienes lo apoyan como a los detractores por las lecciones que aportan, presentándose como un «alquimista» que ha manifestado «paz mental, de corazón y de alma», y reitera que no desearía la experiencia trans «ni a mi peor enemigo».